Composicion con dibujos de Antonio Arévalo

BIBLIOTECA VIRTUAL

Como complemento de la conferencia "María Madre de Misericordia: una iconografía protectora" y que se desarrolla durante el ciclo de actividades culturales previsto para celebrar la Festividad de la Merced, traemos las palabras de Juan Pablo II sobre la Misericordia de la Madre de Dios, en su conclusión, dentro de la Encíclica "Veritatis Splendor".

Confiamos y deseamos en que al invocar tan hermosa advocación de la letanía, recibamos un rosario de gracias, cuyas cuentas podamos desgranar en todos y cada uno de los actos organizados por la hermandad a Mayor Gloria y Alabanza de nuestra Bendita Madre de la Merced, Madre de Misericordia, cuyo manto nos protege, alivia y consuela, como se manifiesta en el llamador de nuestros Paso de Cristo.

 Autor

Título

Monseñor Asenjo Ob. Córdoba La vigilancia, virtud propia del Adviento
Su Santidad Benedicto XVI "Por vosotros se hizo pobre"

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2.008

Monseñor Asenjo a las Hdes. 26 de Enero 2.008 IV encuentro del Obispo de Córdoba con las Hermandades
Benedicto XVI. Noviembre 2.007 Encíclica Spe Salvi
D. Antonio Gil Moreno. Charla en la Hdad 21Nov 2.003 Aspectos Teológicos de la Coronación de Espinas
D. Antonio Gil Moreno. Charla en la Hermandad. 19 Nov 1998 La Formación de un cristiano de cara al siglo XXI
Encuento del Obispo de Cordoba con los Hnos. mayores. 10 Feb 2.007 Dimensión Jurídica de las hermandades
Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma 2.007 Mirarán al que traspasaron
Mons. Asenjo Iglesia en Córdoba 1 Abr 2007 Vivamos con seriedad la Semana Santa
Juan Pablo II. Carta Apostólica. 16 Oct. 2002 Rosarium Virginis Mariae
Mons. Asenjo. Iglesia en Córdoba. 14 Oct. 2007 En el mes del Rosario
Mons. Asenjo. Iglesia en Cordoba. 21 Oct 2007 La Eucaristía Sacramento de  amor
Mons. Asenjo Carta Pastoral en el Año de la Eucaristia. Sep. 2.005 Sin la Eucaristía no podemos vivir
   
Diócesis de Cordoba. Pastoral Juvenil Formación para jóvenes I
   
Catecismo de la Iglesia Católica Catecismo de la Iglesia Católica
Reglas de nuestra hermandad aprobadas por el Obispado de Córdoba Estatutos de la Hermandad
   
   
   

A todos aquellos que puedan colaborar con algún documento para la biblioteca, o con alguna sugerencia, recordad que estas puertas están abiertas y podéis hacernos llegar vuestras propuestas a costalero.web@hermandaddelamerced.org

 

MARÍA MADRE DE DIOS Y MADRE DE MISERICORDIA

Conclusión de la Encíclica "Veritaris Splendor" - 6 de agosto de 1993

María es Madre de Misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la Misericordia de Dios (cf. Jn 3, 16-18). El ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf. Mt 9, 13). Y la misericordia más grande radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Ningún pecado del hombre puede cancelar la Misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo: Su misericordia para nosotros es redención. Esta misericordia alcanza la plenitud con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104 [103], 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colofón del don de la misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no pecar más. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su amor y nos conduce al Padre en el Espíritu.

119. Esta es la consoladora certeza de la fe cristiana, a la cual ella debe su profunda humanidad y su extraordinaria sencillez. A veces, en las discusiones sobre los nuevos y complejos problemas morales, puede parecer como si la moral cristiana fuese en sí misma demasiado difícil: ardua para ser comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es falso, porque -en términos de sencillez evangélica- ella consiste fundamentalmente en el seguimiento de Jesucristo, en el abandonarse a El, en el dejarse transformar por su gracia y ser renovados por su Misericordia, que se alcanzan en la vida de comunión de su Iglesia.«Quien quiera vivir -nos recuerda san Agustín-, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehuya la compañía de los miembros». Con la luz del Espíritu, cualquier persona puede entenderlo, incluso la menos erudita, sobre todo quien sabe conservar un «corazón entero»(Sal 86 [85], 11). Por otra parte, esta sencillez evangélica no exime de afrontar la complejidad de la realidad, pero puede conducir a su comprensión más verdadera porque el seguimiento de Cristo clarificará progresivamente las características de la auténtica moralidad cristiana y dará, al mismo tiempo, la fuerza vital para su realización. Vigilar para que el dinamismo del seguimiento de Cristo se desarrolle de modo orgánico, sin que sean falsificadas o soslayadas sus exigencias morales -con todas las consecuencias que ello comporta- es tarea del Magisterio de la Iglesia. Quien ama a Cristo observa sus mandamientos (cf. Jn 14, 15).

120. También María es Madre de Misericordia porque Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. A los pies de la Cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para aquellos que no saben lo que hacen (cf. Lc 23, 34), María, en perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y le capacita para abrazar a todo el género humano. De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se convierte en la Madre que nos alcanza la Misericordia Divina.

María es signo luminoso y ejemplo preclaro de vida moral:«la vida de ella sola es enseñanza para todos», escribe san Ambrosio, que dirigiéndose en particular a las vírgenes, pero en un horizonte abierto a todos, afirma:«El primer deseo ardiente de aprender lo da la nobleza del maestro. Y ¿quién es más noble que la Madre de Dios o más espléndida que Aquélla que fue elegida por el mismo Esplendor?». Vive y realiza la propia libertad donándose a Dios y acogiendo en sí el don de Dios. Hasta el momento del nacimiento, custodia en su seno virginal al Hijo de Dios hecho hombre, lo nutre, lo hace crecer y lo acompaña en aquel gesto supremo de libertad que es el sacrificio total de la propia vida. Con el don de sí misma, María entra plenamente en el designio de Dios, que se entrega al mundo. Acogiendo y meditando en su corazón acontecimientos que no siempre puede comprender (cf. Lc 2, 19), se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (cf. Lc 11, 28) y merece el título de «Sede de la Sabiduría». Esta Sabiduría es Jesucristo mismo, el Verbo eterno de Dios, que revela y cumple perfectamente la voluntad del Padre (cf. Heb 10, 5-10).

María invita a todo ser humano a acoger esta Sabiduría. También nos dirige la orden dada a los sirvientes en Caná de Galilea durante el banquete de bodas:«Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).

María condivide nuestra condición humana pero con total transparencia a la gracia de Dios. No habiendo conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y condivide el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos las exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre pecador sea engañado por quien pretende amarlo justificando su pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciaría de contenido el sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absolución, incluso la ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o teológicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la Cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida.

María
Madre de misericordia,
cuida de todos para que no se haga inútil
la cruz de Cristo,
para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado y crezca
en la esperanza en Dios,
«rico en misericordia»  (Ef 2, 4),
para que haga libremente las buenas obras
que El le asignó (cf. Ef 2, 10) y,
de esta manera, toda su vida sea
«un himno a su gloria» (Ef 1, 12).

JUAN PABLO II -CONCLUSIÓN DE LA CARTA ENCÍCLICA "VERITATIS SPLENDOR" -  SOBRE ALGUNAS CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA ENSEÑANZA MORAL DE LA IGLESIA - 6 de Agosto de 1993

  

Septiembre 2010

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