Siete y media de la mañana: la
sensación general es que la Virgen sale, pese al día lluvioso de
la víspera. No obstante, minutos más tarde se anuncia lo
contrario. Los miembros de la junta de gobierno, ante la
información que manejaban, decidieron no realizar el Rosario de
Aurora por las calles de Córdoba. Diez minutos más tarde de la
hora prevista de salida se rezaba el Rosario ante la
Virgen, sobre su parihuela, en la parroquia de San Antonio.
El día estuvo plagado de anécdotas alguna de las cuales
relatamos al margen. No vivimos la poseía, las imágenes o
los sentimientos de otros Rosarios de Aurora. Pero como
Madre que es, la Merced nos enseñó o recordó otras cosas:
La ilusión de los monaguillos y monaguillas por
acompañar a su Virgen que se vio aplazada. El trabajo de quienes
estuvieron hasta ultima hora de la noche preparando la
parihuela, las lagrimas del hermano que enfermo, vino a
visitarla días antes sabiendo que este año por primera vez en su
vida no podría llevarla, o el gesto contenido de aquel otro que
este domingo siempre se levanta temprano con mariposas en el
estómago y sale corriendo hasta San Antonio, para ser el primero
en llegar. La alegría desbordada de los Niños de la Cruz
Blanca, ¡porque la Virgen venía a a su casa a verlos a ellos...!
El fervor con el que las monjas del Colodro esperaban a la
Madre de Dios y Esclava, como ellas, de su Señor. A todos, como
decíamos, vino a enseñarnos o recordarnos que nuestro, trabajo,
nuestra ilusión, nuestra fe y esperanza, no es hacia la imagen,
es hacia ELLA, que con Jesucristo, su Hijo, todo lo ve y lee en
nuestros corazones, más que en nuestras acciones.
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